Por Jeannette Escudero, directora ejecutiva talento Digital para Chile
Durante años, la inserción laboral de los jóvenes se ha mirado casi exclusivamente desde la vereda de la inclusión o la responsabilidad social. Y sin duda lo es: una primera oportunidad formal cambia la trayectoria de vida de una persona y evita cicatrices de desempleo difíciles de revertir. Sin embargo, en el actual escenario de cambio tecnológico, existe otra dimensión ineludible: contratar talento joven es una decisión de supervivencia y competitividad estratégica para las empresas.
Hoy la inteligencia artificial y la automatización están rediseñando a paso acelerado las tareas que históricamente sirvieron de puerta de entrada al mercado. Aquellas funciones operativas y de apoyo donde se aprendía el oficio, se observaba a los líderes experimentados y se cultivaba el criterio profesional, hoy se automatizan en segundos. Aunque la ganancia en eficiencia es innegable, el riesgo emerge cuando esa optimización conduce a la supresión de las posiciones iniciales.
Un estudio reciente de la Universidad de Lancaster reveló que el 36% de las empresas consultadas en Reino Unido redujo sus cargos de entrada el último año, mientras que un 62% continuó exigiendo experiencia previa. Nos enfrentamos a un absurdo evidente: exigirle trayectoria a quienes aún no han tenido la oportunidad de construirla. Al mismo tiempo, la vara de entrada sube. Que entidades financieras globales comiencen a evaluar competencias en IA desde etapas tempranas confirma que la tecnología no solo redefine tareas, sino que fija nuevas condiciones de empleabilidad.
El problema de fondo es estructural: si eliminamos los puestos donde se aprende a trabajar, destruimos el semillero de los especialistas y líderes que las organizaciones necesitarán en el mediano plazo. Nadie llega al mercado laboral siendo senior. El criterio, el dominio del negocio y la autonomía no se descargan con un software; se forjan en la práctica.
A su vez, las nuevas generaciones aportan una agilidad clave para la transformación digital: familiaridad natural con nuevas herramientas, plasticidad para aprender y una mirada fresca capaz de potenciar el conocimiento acumulado de los equipos consolidados.
Aprovechar este valor requiere pasar de la queja a la articulación. Ejemplos internacionales demuestran cómo la colaboración público-privada permite abrir miles de pasantías y primeras experiencias estructuradas para conectar formación y empleo real. Ese es el camino que debemos profundizar: instituciones formativas que entreguen competencias pertinentes, empresas decididas a abrir espacios de inmersión y entidades que articulen este puente con sentido de urgencia.
La formación y contratación de talento joven no es una tarea exclusiva del Estado ni de las universidades. Es una inversión prioritaria en la renovación productiva de las organizaciones y en la resiliencia económica de nuestro país. Sin cargos de entrada no habrá talento futuro, y sin empresas comprometidas con su desarrollo, ese futuro simplemente llegará demasiado tarde.

