- El enfoque “Una Salud” propone integrar vigilancia epidemiológica, evaluación ambiental y salud ocupacional para detectar tempranamente amenazas sanitarias y evitar que futuros brotes vuelvan a afectar la continuidad de las operaciones.
La experiencia del COVID-19 dejó una tarea pendiente para la industria minera: pasar de una respuesta reactiva frente a las emergencias sanitarias a un modelo permanente de preparación y resiliencia operacional. Con operaciones ubicadas en zonas remotas y, en algunos casos, cercanas a ecosistemas de alta biodiversidad, el sector enfrenta un escenario donde los riesgos epidemiológicos comienzan a adquirir mayor relevancia.
El cambio climático y las transformaciones en el uso de suelo están modificando la interacción entre personas, animales y ecosistemas. De acuerdo con antecedentes asociados al enfoque Una Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca del 30% de las nuevas enfermedades emergentes desde 1960 están vinculadas al cambio de uso de suelo. Este escenario aumenta las oportunidades de contacto entre humanos y fauna silvestre y, con ello, el riesgo de aparición de nuevos patógenos.
“El COVID-19 nos mostró que no basta con tener protocolos para reaccionar cuando una amenaza ya está instalada. En minería necesitamos anticiparnos, especialmente porque muchas operaciones se encuentran en territorios donde las condiciones ambientales y epidemiológicas pueden ser muy diferentes a las de los centros urbanos”, explica Marta Cabrera, Directora Médica Latam de Centro Médico del Trabajador (CMT).
Desde esta perspectiva, una de las principales brechas es que los estudios de impacto ambiental de proyectos mineros no suelen incorporar tempranamente una evaluación del riesgo epidemiológico. Integrar ambas dimensiones permitiría identificar factores de vulnerabilidad antes del inicio de las operaciones y establecer sistemas de vigilancia acordes con las características de cada territorio.
Un modelo de preparación debería articular seis pilares: vigilancia epidemiológica, evaluación de riesgo y vulnerabilidad, predicción y alerta temprana, preparación, control y mitigación, y respuesta. La lógica es avanzar desde la identificación de señales tempranas hacia protocolos previamente definidos, con recursos, capacitación y responsabilidades claras.
“La continuidad operacional y la protección de los trabajadores no son caminos separados. Un sistema que permite detectar tempranamente un riesgo y activar medidas proporcionales (como aislamiento focalizado, ajustes de turnos o testeo dirigido) puede contener un brote sin necesidad de paralizar una operación completa”, agrega Cabrera.
El desafío es particularmente relevante para una industria que depende de la continuidad de sus faenas y de cadenas logísticas complejas. Durante la pandemia, las respuestas improvisadas generaron interrupciones y pérdidas productivas, mientras cada operación debió desarrollar soluciones propias.
La propuesta apunta, precisamente, a convertir esas lecciones en capacidades permanentes, integrando medicina ambiental y ocupacional, vigilancia sanitaria y gestión del riesgo operacional. De esta manera, la preparación ante futuras amenazas biológicas deja de ser exclusivamente una materia sanitaria y pasa a formar parte de la estrategia de continuidad de las compañías mineras.
“Prepararse para una futura pandemia no significa anticipar cuándo ocurrirá, sino tener la capacidad de reconocer las señales, tomar decisiones rápidamente y proteger a las personas sin poner innecesariamente en riesgo la continuidad de la operación”, concluye la especialista.
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